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domingo, 10 de mayo de 2009

Día de las madres y Serenatas

Hoy, 10 de mayo, se celebra el día de las madres en Suiza, país en que resido. Esto me lleva a recordar esta misma celebración en mi país de nacimiento.

En Panamá el día de las madres, que se festeja el 8 de diciembre, es una de las fiestas más importantes del país. Una fiesta que se celebra no sólo entre los miembros de una misma familia, sino que se extiende a los amigos. Es raro que una madre no reciba, si no un regalo, al menos una felicitación de parte de amigos y conocidos.

Mi recuerdo privilegiado es el de las serenatas. Pasada la medianoche del 7 de diciembre los hombres y amigos de la familia se reúnen y, con guitarras, una buena disposición y unas que otras botellas de ron, comienzan un gran recorrido por las casas de las madres de los integrantes del grupo. La finalidad: regalarles una canción.

Desde que oye los primeros acordes, la madre homenajeada se prepara para asomarse a la ventana o al balcón y agradecer por tan lindo presente. Según la tradición, al final de la canción esta mujer, a pesar de saber de antemano que sería el objeto de una serenata, demuestra gran sorpresa e invita al grupo a tomar un “traguito”. Por lo general el “traguito” consiste en un vaso de ron o de alguna otra bebida alcohólica.

Luego de pasar un rato bromeando sobre los incidentes de la noche, los integrantes del grupo parten a otra casa donde, con una u otra variante, la escena se renueva.

Creo que las costumbres y tradiciones son enriquecedores tesoros que toman un sentido especial cuando estamos lejos de la patria.

jueves, 16 de abril de 2009

Semana Santa y desarraigo

La semana pasada en Mundo Hispánico, revista con la que colaboro desde hace un año y medio, escribí sobre la Semana Santa en Panamá, mi país de nacimiento.

Recordé con cariño la sopa de pescado tomada a la sombra de los árboles del huerto, las procesiones del Jueves y el Viernes Santo y los tamboritos (bailes acompañados de cantos entonados al son de tambores y rítmicas palmadas) del Sábado de Gloria que cerraban jocosamente la semana.

Esa sopa de pescado tomada al aire libre en medio de una bandada de pájaros bullangueros, dio paso a interminables almuerzos saboreados a media voz en la mesa de mi familia política, en el noroeste de Francia. Al principio extrañaba la procesión del Jueves y el Viernes Santo y el baile del Sábado de Gloria, pero poco a poco me fui acostumbrando a las tradiciones de mi nuevo universo. Así, cuando nacieron mis hijos, con toda naturalidad escondía los huevos de chocolate en el jardín y les contaba historias sobre el conejo de Pascua.

Como nos sucede a muchos cuando cambiamos de país a una edad adulta, una costumbre da paso a otra y a otra más y cuando miramos a nuestro alrededor no hay nada que nos ate a nuestro pasado. Las raíces se han perdido sin que nos demos cuenta. Nos sentimos que no somos de aquí ni de allá, como dice la canción de Facundo Cabral. No creo que esta sensación sea buena o mala. Simplemente "es".