Gracias al desarrollo tecnológico y a la globalización los seres humanos migramos más fácilmente que hace unos cuántos años atrás. Sin embargo, la integración no siempre es fácil. Muchas veces –como ha sido el caso de Milagros Campos, directora de teatro peruana residente en Zurich– tenemos que hacer frente a numerosos obstáculos: un clima diferente, nuevas costumbres, una nueva lengua.
Con la experiencia del pasado y la visión del futuro creamos un nuevo presente. Aprendemos la lengua del país, nos adaptamos a un nuevo modo de vida, tejemos una sólida red de amistades. Cuando hemos alcanzado la cima de nuestras metas, la vida nos indica, primero tímidamente y luego con mayor insistencia, que ha llegado el momento de alzar el vuelo.
Hoy me toca preparar mi partida de Suiza. Contemplo la alfombra de hojas entre amarillo y marrón que cubre el césped, el manto verde de eterna esperanza de los pinos, el lago salpicado de diminutas estrellas, las altas montañas que, ansiosas, esperan la corona blanca con que cada año las unge la Naturaleza.
Y cuando la nostalgia me lame el alma, mi natural optimismo sale a flote y me sopla que en mi nueva morada no habrá lagos salpicados de estrellas sino mares esparcidos de soles y que el manto de la Naturaleza será de brillantes colores. Luego agrega que, aunque la profecía no se cumpla al pie de la letra, al menos tendré el inigualable regalo de vivir una nueva experiencia.
Mundo Hispánico
Noviembre 2011
viernes, 5 de noviembre de 2010
jueves, 7 de octubre de 2010
Pudor en el arte
Conocí a Marc Cem, pintor francés de corazón latinoamericano, el pasado mes de junio en el Centro cultural Tierra Incógnita, en Ginebra, cuando exponía parte de su obra en la serie de actividades dedicadas a Haití.
Al ver sus lienzos, con una caligrafía uniforme cubierta por un ligero velo de pintura, me sentí invadida por una suave nube de tranquilidad, similar a la que sentimos cuando recitamos ciertos mantras.
Frente a la que considero su obra maestra, “Besos repetidos”, me confió que esa escritura velada era su manera de codificar su intimidad.
Como escritora, por mucho tiempo yo también codifiqué mi vida interior. Lo hice por medio de una escritura en tercera persona, rehusando así implicarme en mis historias. Mi pudor era tal que preferí achacar a mis personajes muchas de las dolorosas experiencias por mí vividas. En esa época el miedo a la crítica me paralizaba.
Con el paso del tiempo y la extraordinaria exploración de mi universo interior logré ganar confianza en mí. Comencé entonces a escribir en primera persona.
Actualmente me siento libre de exponer a la luz pública mis ideas. Algunos apreciarán mi pluma, otros no, pero yo continuaré compartiendo humildemente mis descubrimientos existenciales.
Mundo Hispánico
Octubre 2010
Al ver sus lienzos, con una caligrafía uniforme cubierta por un ligero velo de pintura, me sentí invadida por una suave nube de tranquilidad, similar a la que sentimos cuando recitamos ciertos mantras.
Frente a la que considero su obra maestra, “Besos repetidos”, me confió que esa escritura velada era su manera de codificar su intimidad.
Como escritora, por mucho tiempo yo también codifiqué mi vida interior. Lo hice por medio de una escritura en tercera persona, rehusando así implicarme en mis historias. Mi pudor era tal que preferí achacar a mis personajes muchas de las dolorosas experiencias por mí vividas. En esa época el miedo a la crítica me paralizaba.
Con el paso del tiempo y la extraordinaria exploración de mi universo interior logré ganar confianza en mí. Comencé entonces a escribir en primera persona.
Actualmente me siento libre de exponer a la luz pública mis ideas. Algunos apreciarán mi pluma, otros no, pero yo continuaré compartiendo humildemente mis descubrimientos existenciales.
Mundo Hispánico
Octubre 2010
domingo, 22 de agosto de 2010
domingo, 15 de agosto de 2010
martes, 8 de junio de 2010
Cicatrices
Las cicatrices
de mi pasado
me han enseñado
que los adioses
son en verdad
hasta mañanas
que el amor
aunque eterno
es pasajero
que hay que saber esperar
para avanzar…
de mi pasado
me han enseñado
que los adioses
son en verdad
hasta mañanas
que el amor
aunque eterno
es pasajero
que hay que saber esperar
para avanzar…
viernes, 30 de abril de 2010
Feria del Libro de Ginebra
Este domingo 2 de mayo de 14:00 a 16:00 horas estaré a tu disposición para intercambiar ideas y firmar mis libros en la Feria del Libro de Ginebra
Lugar: PALEXPO
Société Genevoise des Écrivains
Calle Céline - Casetas C546 y C548
Lugar: PALEXPO
Société Genevoise des Écrivains
Calle Céline - Casetas C546 y C548
miércoles, 3 de marzo de 2010
La magia de la naturaleza
Cuando la inspiración me abandona, salgo a dar un paseo por los alrededores de mi casa y, sistemáticamente vivo la magia de la naturaleza.
Me considero privilegiada de vivir en un país con las cuatro estaciones bien marcadas. En invierno, cuando la cima de las montañas y las ramas de los árboles se visten de blanco, tengo la impresión de contemplar a una novia que, generosa, extiende su velo hacia el mundo equilibrado de la naturaleza.
Más adelante, al despuntar los retoños, lo que se perfila en mi espíritu es una adolescente deseosa de descubrir la vida, de ataviarse con los variados colores de la temporada. Entonces yo también me transformo en adolescente y me visto con esos verdes chillones que tanto me recuerdan a mi tierra.
Con el calor del verano los frutos maduran y las hojas, abandonando el verde encendido de su edad tierna para pasar a uno más discreto, se robustecen. El adolescente quedó atrás para dar paso a un adulto que, con toda su exuberancia, protege al ser humano de los rayos del sol y lo abanica con sus millares de dedos.
La estación que más aprecio es el otoño por el incendio de amarillos, naranjas y rojos y porque, cuando el frío y los vientos desvisten a los árboles, puedo contemplar en su plenitud los músculos de sus ramas y los nudos de sus articulaciones hasta llegar a la infinidad de extremidades superiores. Me parece entonces que miles de falanges se mueven cuando la bise, ese viento seco y helado proveniente del norte, sacude los tallos.
Me considero privilegiada de vivir en un país con las cuatro estaciones bien marcadas. En invierno, cuando la cima de las montañas y las ramas de los árboles se visten de blanco, tengo la impresión de contemplar a una novia que, generosa, extiende su velo hacia el mundo equilibrado de la naturaleza.
Más adelante, al despuntar los retoños, lo que se perfila en mi espíritu es una adolescente deseosa de descubrir la vida, de ataviarse con los variados colores de la temporada. Entonces yo también me transformo en adolescente y me visto con esos verdes chillones que tanto me recuerdan a mi tierra.
Con el calor del verano los frutos maduran y las hojas, abandonando el verde encendido de su edad tierna para pasar a uno más discreto, se robustecen. El adolescente quedó atrás para dar paso a un adulto que, con toda su exuberancia, protege al ser humano de los rayos del sol y lo abanica con sus millares de dedos.
La estación que más aprecio es el otoño por el incendio de amarillos, naranjas y rojos y porque, cuando el frío y los vientos desvisten a los árboles, puedo contemplar en su plenitud los músculos de sus ramas y los nudos de sus articulaciones hasta llegar a la infinidad de extremidades superiores. Me parece entonces que miles de falanges se mueven cuando la bise, ese viento seco y helado proveniente del norte, sacude los tallos.
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